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Miércoles, 09 de Junio de 2010 12:51
Aborto
Javier Gafo
El comienzo de la vida humana
En toda la discusión ética sobre el aborto hay una interrogante fundamental. Frecuentemente esa pregunta viene formulada así: “¿Cuándo comienza la vida humana en el desarrollo embrionario?”, o “¿desde cuándo existe un ser humano o una persona humana?”. Esta interrogante, aunque ya diremos posteriormente que debe ser matizada, es básica en el debate sobre la eticidad de la interrupción del embarazo.
Las principales opiniones sobre este punto básico pueden resumirse en el cuadro adjunto:
Comienzo del derecho a la vida Fase embrionaria Día o mes
Fecundación Zigoto Primer día
Anidación Blastocisto 14 días
Fin de organogénesis Feto Dos meses
Viabilidad Niño prematuro 21 semanas
Nacimiento Recién nacido a término 9 meses
Criterios relacionales ? ?
Exponemos los argumentos en que se basan las posturas citadas:
1. La fecundación. La opinión oficial de la Iglesia católica afirma que el derecho a la vida del nuevo ser arranca desde el momento de la fecundación, es decir, desde el momento en que se constituye la realidad biológica del zigoto o célula‑huevo, resultante de la fusión del óvulo y del espermatozoide. Es importante subrayar que el proceso de fecundación no es un hecho puntual e instantáneo, sino que la singamia o unión del complemento cromosómico de las células germinales masculina y femenina dura varias horas. Esta postura es compartida igualmente por otras personas, aunque no estén incluidas dentro del campo católico. De acuerdo con esta posición, la fecundación constituye un salto cualitativo en relación con las células germinales precedentes antes de su fusión. El zigoto resultante tiene una relevancia equiparable a la del recién nacido por las siguientes razones:
a) Es una realidad biológica humana: aunque su apariencia externa sea equiparable al zigoto de otras especies animales, sin embargo, atendiendo a sus factores genéticos ‑a los aproximadamente 50-100.000 genes característicos de nuestra especie hay que decir que la información genética existente en la célula‑huevo es humana y solamente humana.
b) En la información genética existente en el zigoto se “prefigura” el individuo humano que se va desarrollar a partir de aquél. Indiscutiblemente, los factores que actúan durante el desarrollo embrionario van a jugar un papel muy importante en el troquelado del nuevo ser. Sin embargo hay que decir que cada ser humano, ‑excepto en el caso de los gemelos monozigóticos‑ es un ser único e irrepetible en la historia de la humanidad y que su singularidad e irrepetibilidad está ya presente en ese zigoto del que tomó origen su ulterior desarrollo. No se trata de reincurrir en el “preformismo”, la teoría científica del s. XVIII que creía que el nuevo ser estaba ya totalmente preformado en las células germinales, especialmente en el espermatozoide, teoría sostenida por los “homunculistas”, en oposición a los “ovulistas”-, pero sí de afirmar que la base que tiene un básico influjo en la constitución de cada ser humano, está ya marcada desde la fecundación y que se va a mantener hasta el final de la vida del individuo.
c) En el debate sobre el aborto se ha afirmado con frecuencia que el embrión o el feto son una parte del cuerpo de la madre, de la que ésta puede disponer como de un apéndice. Esta afirmación es, biológicamente y con toda claridad, falsa. El nuevo ser no es una parte del organismo, sino una realidad biológicamente distinta –y que, sin embargo, sorprendentemente, no es como un “cuerpo extraño”‑, que muy desde el principio comienza a dirigir su propio desarrollo, sintetizando sus propias proteínas y enzimas, que son distintas de las de su madre. El nuevo ser es, durante el desarrollo embrionario, sumamente dependiente del organismo materno, pero es, al mismo tiempo, autónomo, ya que es él mismo el que dirige su propio proceso de desarrollo. Puede decirse, utilizando una comparación, que el nuevo ser es “arquitecto” de sí mismo en un doble sentido, ya que posee los “planos” de lo que él mismo va a ser y organiza, mediante la síntesis de sus propias proteínas, su propio proceso de construcción; la madre le da albergue, le proporciona el “material” alimenticio y energético necesario, pero es el mismo nuevo ser el que, casi desde su misma constitución, dirige su desarrollo.
d) Finalmente, se subraya desde esta postura la continuidad del proceso de desarrollo embrionario que se instaura desde la fecundación. Este proceso participa del mismo carácter de continuidad inherente a todos los procesos vitales. A los ojos de la embriología, el desarrollo embrionario aparece como un proceso continuo, en el que progresivamente se van actualizando, de forma gradual y continua, todas las potencialidades ya presentes en el zigoto; todo intento de marcar fronteras en ese desarrollo ‑que delimiten una fase “subhumana” de otra “plenamente humana”‑ suscita el interrogante sobre la artificialidad de tal frontera, ya que el proceso de desarrollo embrionario es un continuum, una vez el salto desde que se ha producido las células germinales hasta la constitución del zigoto.
2. La anidación. La fecundación acontece en el tercio superior de las trompas, y el nuevo ser comienza a avanzar por las mismas en un proceso que dura aproximadamente tres o cuatro días; finalmente penetra en el útero, en cuyo interior o lumen queda libre durante dos o tres días más. Aproximadamente una semana después de la fecundación, en la fase biológica de blastocisto, el huevo comienza a emitir unas pequeñas raicillas o villi, con las que anida o se implanta en el endometrio, en el que continuará su ulterior proceso de desarrollo. El proceso de anidación finaliza 12 o 13 días después de la fecundación. Hay autores que dan una especial relevancia significativa a la anidación como momento en el desarrollo embrionario, especialmente por tres razones relevantes.
a) Hasta que finaliza el proceso de anidación, se mantiene abierta la posibilidad de división del nuevo ser, dando origen a los gemelos monozigóticos idénticos. Normalmente esta división acontece antes, pero puede retrasarse hasta la finalización de la implantación (en este caso, los gemelos vendrán en la misma bolsa amniótica y compartirán la misma placenta). En sentido contrario, se da también el quimerismo, es decir, la fusión de dos embriones ‑que pueden ser incluso de distinto sexo‑ en un único embrión. Por tanto, tal como se ha formulado muy acertadamente Lacadena, hasta que finaliza el proceso de implantación, el nuevo ser no es “ni uno, ni único”, ya que puede dividirse en dos o más y, en sentido inverso, dos embriones pueden fundirse en uno solo. Esto significa que algo tan característico del ser humano como es su individualidad, -el ser él y no otro-, no está definitivamente determinada hasta aproximadamente dos semanas después de la fecundación.
b) Toda una serie de investigaciones ‑de forma especial en relación con la fecundación in vitro‑ llegan a la conclusión de que es muy elevado el número de abortos espontáneos antes de finalizar la anidación, de tal forma que en torno al 70% de los óvulos fecundados no llegan a su implantación. Más aún, varios trabajos indican que un número muy importante de estos abortos espontáneos se da en embriones cromosómica o genéticamente anómalos que, durante su desarrollo, estarían destinados a dar la vida a un niño con graves anomalías. Esto parece indicar que la anidación funciona como un “rubicón” a través de la cual se “corrigen” los frecuentes errores que acontecen en el proceso de fecundación y que, de esta forma, se evita un incremento del nacimiento de niños con malformaciones.
c) Otros autores confieren un especial relieve anidación por el hecho de que la frontera de los días coincide también con la constitución de la línea primitiva o cresta neural, el primer esbozo del sistema nervioso (así lo hace, por ejemplo, el Informe Warnock, al que aludiremos más tarde en relación con las nuevas técnicas de reproducción humana). También se insiste en que, con anterioridad a esa fecha, no es posible, con los métodos diagnósticos habituales, determinar la existencia de una gestación, pero creemos que los dos argumentos citados precedentemente son los que pueden poseer un especial valor.
3. Finalización de la organogénesis. El proceso de desarrollo embrionario es sumamente rápido. Hablando de una forma simplificada, puede decirse que en el primer mes de desarrollo se ponen los “cimientos” del niño que va a nacer: ya tiene una forma alargada, se ha constituido el apéndice cefálico, existe un rudimento de los ojos, del corazón, hígado, de la columna vertebral... Al finalizar el segundo mes, el aspecto externo es ya claramente humano, aunque lógicamente menos acabado que el del recién nacido: se ha constituido la cabeza con sus ojos, nariz, boca...; se han formado las extremidades; se han constituido la mayoría de los órganos internos que, en algunos casos, son ya funcionales ... Precisamente para marcar esta apariencia humana y que, fundamentalmente, ha finalizado el proceso de constitución de los órganos humanos, la medicina deja de hablar de embrión y comienza a referirse al nuevo ser como feto. A partir de este momento, los siete meses restantes del desarrollo embrionario van a significar un proceso de maduración, de crecimiento en tamaño y en peso, pero ya no van a añadir algo sustantivo a esa realidad de 3 cm de tamaño que se ha formado al finalizar los dos primeros meses.
Los autores que dan relieve especial a este momento subrayan el valor antropológico de un ser cuya apariencia es ya humana y en el que están ya constituidos los órganos característicos del individuo humano. La calidad y el status humanos del nuevo ser parecen imponerse con especial fuerza a la sensibilidad cuando estamos ante un ser cuya apariencia es claramente humana.
En torno a este planteamiento hay que citar la opinión que pone un especial relieve en el comienzo de la actividad eléctrica del cerebro del nuevo ser. Se relaciona de esta forma el inicio de la existencia de un nuevo ser humano con el final de la vida. Entre los criterios diagnósticos de muerte se ha dado un valor especial a la falta de actividad eléctrica cerebral, constatada a través de un EEG plano. De ahí que se recurra al mismo criterio para diagnosticar el comienzo del existir humano, y que únicamente cuando existe una actividad eléctrica cerebral en el nuevo ser, se pueda hablar de una verdadera existencia humana. Al mismo tiempo, se subraya el valor del cerebro como el órgano más específicamente humano, ya que será el que posibilite el desarrollo de un psiquismo humano. Varios estudios afirman que el comienzo de la actividad eléctrica cerebral y la existencia de un EEG no‑plano es muy temprana en el feto, de tal forma que ya existe una débil actividad en torno a los 43‑45 días después de la fecundación, cuando aún no se ha alcanzado la fase fetal.
4. La viabilidad. Es la capacidad del nuevo ser de poder vivir fuera del útero, aunque sea con una especial apoyatura médica. En el campo de la perinatología se ha dado un espectacular desarrollo en los últimos 20 años, de tal forma que hoy son viables niños prematuros que no lo eran hace tiempo.
Es éste un punto especialmente grave en la discusión sobre la eutanasia. En cualquier caso, cuando el feto es viable, es posible la ruptura de esa relación radical de dependencia respecto de la madre; ya no se requiere el organismo materno para que el feto pueda alimentarse o respirar. La razón de esta nueva situación, el hecho de que el nuevo ser comience a vivir fuera del claustro y que comience a existir, aunque sea de forma incipiente, como “ser social”, le confiere un status ya plenamente humano y un derecho a la vida equiparable al recién nacido después de una gestación completa.
5. El nacimiento. Es la postura del Derecho Romano, para el que el derecho a la vida del nuevo ser arrancaba desde su nacimiento. En realidad, esta postura no es claramente diferenciable de la precedente, aunque podría tener especial aplicación en relación con la problemática de la asistencia que debe prestarse a los prematuros, sobre la que hablaremos más tarde en el capítulo dedicado a la eutanasia.
6. Los criterios relacionales. Existe un grupo de autores que aporta una argumentación sugerente a esta discusión. Parten de una crítica básica a los planteamientos precedentes: el de intentar delimitar la realidad humana del nuevo ser basándose en criterios estrictamente biológicos (fecundación, anidación, EEG ... ). Consideran que el ser humano es mucho más que sus estructuras biológicas y que, por tanto, no puede definirse por la existencia de tales estructuras, ya que sería incurrir ‑como dicen algunos‑ en un craso materialismo.
Por otra parte, subrayan, con razón, la importancia de las relaciones interhumanas para que se realice el proceso de personalización, aludiendo, por ejemplo, a los llamados “niños‑lobos”, desarrollan un psiquismo ni una personalidad humana, porque les ha faltado un ambiente humano a su alrededor que les humanice y les personalice. Basándose en estos presupuestos, estos autores consideran que existe desde el principio un “ser humano”, pero que no está aún “plenamente humanizado”. Este salto hacia la plena humanización depende de las relaciones que entablen con él las personas que le rodean, especialmente los padres. Recurren, por tanto, para delimitar el carácter específicamente humano del nuevo ser, no a los datos biológicos, sino a “criterios relacionales”, citando algunos en concreto: la aceptación, el reconocimiento del nuevo ser como humano, el que haya sido procreado intencionalmente, el que esté destinado a vivir (en relación con las técnicas de fecundación in vitro)... Algunos autores afirman que este planteamiento relacional tiene su aplicación únicamente al comienzo de la gestación ‑sin especificar más‑, mientras otros no especifican límites cronológicos a esta forma de argumentar. Parece que este planteamiento, expresado por un grupo de autores, existe de forma difusa en las posturas de bastantes personas en relación con el aborto: no se concede el derecho a la vida a un ser que no es aceptado por su madre, al que no se le reconoce un carácter humano, al que no ha sido o es ahora deseado o no ha sido procreado intencionalmente...
Antes de abordar la problemática ética del aborto y en relación con las líneas precedentes, nos parece importante delimitar algunas cuestiones previas. Ante todo hay que subrayar que determinadas preguntas que se realizan habitualmente en esa discusión pueden carecer de sentido: cada ser humano, ‑la persona, el embrión, el feto,- ¿son vida humana?”. Evidentemente, la respuesta a este interrogante va a depender del contenido que incluyan los conceptos de “vida”, “ser” o “persona” humana, que varía según las opiniones existentes. Nadie puede negar que la realidad biológica existente desde la fecundación, el zigoto, es indiscutiblemente humana, pero esto no significa automáticamente ‑como lo pretenden algunos autores‑ que se trate ya de un pleno ser humano cuya vida tenga que ser respetada absolutamente. En cualquier caso, toda discusión ética que se plantee en relación con el aborto debe tomar, como punto de partida, tres hechos científicamente incuestionables respecto del zigoto: Se trata de un ser vivo. Es biológicamente humano. Posee, en principio, la capacidad de dar origen a un recién nacido al que le atribuimos un derecho básico a la vida.
Esto nos lleva a la pregunta que, desde nuestro punto de vista, es central en todo discurso ético sobre la interrupción del embarazo: dado que atribuimos al ya‑nacido un derecho básico a la vida, ¿hasta qué punto este derecho es extendible a las etapas previas del desarrollo embrionario, por qué sí y, en su caso, por qué no? Como indicábamos previamente, plantear esta discusión desde el concepto de “ser” o “persona” humanas lleva este debate a un terreno de imprecisión, ya que los conceptos de “ser humano” o “persona humana” contienen un ingrediente inevitable de incertidumbre y de ambigüedad.
En la discusión pública sobre el aborto se tiende a dar un exagerado relieve a las opiniones expresadas por los biólogos o los médicos sobre el comienzo del derecho a la vida en el desarrollo embrionario. Parece como si existiese una expectativa, aunque no esté normalmente explicitada, de que son los científicos ‑del signo que sean‑ los que tienen la última palabra para aportar luz ética a toda esta discusión; como si fuesen ellos la máxima autoridad para dilucidar si estamos ante un ser humano o no. Esta pretensión carece de sentido. El biólogo o el médico nos aportan unos datos científicos neutros sobre el embrión o el feto en las diversas etapas de su desarrollo. Pero ya no es el científico, en el ámbito de su competencia, el que da juicios de valor sobre la realidad embrionaria, sino el hombre de ciencia que especula filosóficamente sobre los datos aportados por la biología o por la embriología. Repetimos que todo discurso ético sobre la problemática del aborto debe tomar, como punto de partida, las aportaciones científicas lo más completas posibles sobre el desarrollo embrionario, pero después debe instaurarse una reflexión filosófico‑ética ‑y en su caso teológica‑ que está ya fuera del ámbito estrictamente científico.
Es lo que acontece respecto del valor o status del recién nacido. Los datos médicos nos aportarán una serie de conocimientos sobre las características del nuevo ser: su sexo, peso, estado de madurez, normalidad o anormalidad... Pero la pregunta sobre el valor de tal vida humana rebasa el ámbito de competencia de la perinatología. Si afirmamos que la vida del recién nacido debe ser respetada, lo hacemos no en virtud de los datos médicos aportados por los científicos, sino basándonos en una reflexión ética, al menos implícita, que nos lleva a afirmar la inviolabilidad de tal ser. Este planteamiento es totalmente aplicable a la discusión ética sobre el aborto. Dicho concretamente, el Dr. Nathanson, ni en su época abortista ni en la antiabortista goza de una peculiar autoridad, como médico y en el ámbito de su competencia, para dilucidar la cuestión ética sobre el aborto.
Reflexión ética sobre el aborto
El interrogante básico en toda la discusión ética sobre el aborto se centra en el derecho a la vida del no‑nacido. ¿Le compete un derecho fundamental a la vida, tal como la atribuimos al recién nacido, o existe un fundamento objetivo para conferirle un valor menor o incluso ninguna relevancia ética o jurídica? Plantear la discusión desde los conceptos de “persona”, “ser” o “vida” humana lleva fácilmente a una estéril reflexión, ya que los contenidos incluidos dentro de esos términos son imprecisos y divergentes.
Nos parece que puede ser iluminadora la aproximación al debate ético sobre el aborto desde la más próxima cronológicamente a la de la vida no‑nacida. Consideramos que es un logro de la civilización, en un proceso creciente de humanización, el que hayamos llegado a una época en que se afirma que el recién‑nacido posee un derecho fundamental a la vida, equiparable en principio al del adulto. Hoy nos parecen inaceptables prácticas vigentes en nuestro pasado cultural ‑y que pueden seguirse realizándose en algunos pueblos primitivos‑ como las del abandono de los recién‑nacidos y el infanticidio. ¿Por qué ante el recién nacido se nos impone con fuerza la convicción ética de que estamos ante un ser humano cuyo derecho a la vida debe ser respetado? La vivencia que se nos suscita ante la vida indefensa y débil del recién nacido tiene raíces instintivas, que se hunden en nuestro patrimonio filogenético y que están emparentadas con la defensa de las crías, tan intensa en muchas especies, y que tiene un alto significado evolutivo.
Nos parece que, entreverada con esa tendencia instintiva, existen unas resonancias éticas que nos parece importante explicitar. En primer lugar, hay que hacer referencia a la percepción del cuerpo humano del recién nacido: la visión de una corporeidad similar a la del adulto o del niño de más edad ‑con las lógicas diferencias de tamaño, peso y maduración‑ suscita en nosotros la convicción de que es un ser similar al de más edad y que su derecho a la vida es consiguientemente equiparable. Las raíces biológicas e instintivas de esta percepción no pueden discutirse, pero en el ser humano adquieren una coloración superior: la calidad fundamentalmente humana del recién nacido no es básicamente distinta de la del adulto. Este hecho lleva a la reflexión, tanto ética como jurídica, a conferir al recién nacido un status idéntico al que atribuimos al ser humano en las distintas fases de su desarrollo personal.
González Faus, en un interesante artículo sobre el tema ético y legal del aborto, formulaba el concepto de “vida con destino humano”, referido al ser humano aún no nacido. Antes apuntaba que plantear el debate sobre el aborto en torno al concepto de persona humana lleva a una estéril discusión. En efecto, el concepto filosófico de persona es complejo y no es contemplado de forma unánime. Normalmente consideramos como atributos característicos de la persona humana la capacidad de pensar, de sentir, de decisión libre, de tener conciencia de sí mismo, de amar y de establecer relaciones interpersonales. Sin embargo, todos estos rasgos no se dan aún en el recién nacido. No reúne todavía esas características, y su cerebro, que constituirá la base biológica de sus futuras cualidades personales, es aún extraordinariamente inmaduro. Sin embargo, tiene la capacidad de devenir persona, de “ personalizarse” en un largo proceso, en el que las relaciones interpersonales jugarán un papel sumamente importante. En la terminología de González Faus, el recién nacido posee una “vida con destino humano”, con destino personal que hace que sintamos, en la contemplación del nuevo ser, un sentimiento de trascendencia y de misterio. Los paisanos de Juan Bautista se preguntaban en el evangelio de san Lucas: “ ¿Qué va a ser de este niño?”. Creo que es una pregunta que se nos presenta, aunque sea implícitamente, al contemplar a un recién nacido: ¿Cómo se va a desarrollar el misterio de la vida, ya iniciado en ese ser indefenso, pero que posee un indiscutible “destino humano”?
Por otra parte, el recién nacido se nos manifiesta como radicalmente indefenso. Precisamente una razón de la “cría” humana es su gran indefensión y, consiguientemente, su gran dependencia respecto de sus padres. La “cría” humana, al igual que la de otras muchas especies, nace en esa situación de especial indefensión y durante mucho tiempo va a seguir siendo radicalmente dependiente de las personas que la rodean. Se ha llegado a afirmar que se da en la especie humana verdadera neotenia, es decir, que todo niño que viene al mundo nace prematuramente, lo que tiene una gran importancia en todo el proceso de desarrollo de un cerebro inicialmente muy inmaduro y que se va a desarrollar en un medio ambiente mucho más rico en estímulos que el de la bolsa amniótica. La cría humana, al seccionarle su cordón umbilical, pierde su dependencia respecto de la madre para sus funciones respiratorias y circulatorias, pero sigue manteniendo unos altísimos niveles de dependencia, como consecuencia de su indefensión. Sin embargo nos parece importante, subrayar que esta falta de autonomía y la gran indefensión no nos llevan de ninguna forma a considerar que tal vida tenga un menor valor. Más aún, precisamente fundándose en esa indefensión, es una vida jurídicamente especialmente defendida.
Por tanto, y desde nuestro punto de vista, creemos que en el fondo la afirmación del valor fundamental de la vida del recién nacido puede explicitarse desde un triple trasfondo ético: la percepción de su cuerpo como verdaderamente humano, la convicción de que le compete un auténtico “destino humano” y, finalmente, su indefensión y su falta de autonomía, que no devalúan su significado humano, sino que incluso refuerzan la exigencia de protección. ¿Qué hay que decir de la vida humana no‑nacida en torno a ese triple trasfondo ético?
Indiscutiblemente, la percepción del cuerpo humano no se da de forma directa. Ni, por otra parte, existe una corporeidad humana desde el comienzo del desarrollo embrionario. Sin embargo es importante subrayar que la adquisición de una configuración corpórea humana es muy precoz: desde que la medicina comienza a hablar de feto, e incluso dos semanas antes, ya estamos ante un ser que tiene una apariencia marcadamente humana. Nos parece que en toda la discusión ética sobre el aborto la imagen tiene una fuerza sumamente importante. Las impresionantes imágenes de la película de Lennart Ni1sson, El milagro de la vida, poseen una gran fuerza expresiva, y no es fácil afirmar, ante un feto de dos meses, que ya está moviendo sus manos sobre su pequeño vientre, que posea sin embargo un status inferior al del ya nacido. Algo similar está sucediendo con las imágenes ecográficas: conozco parejas cuyas actitudes ante el embarazo están siendo modificadas por tales imágenes. En alguna forma se da en ellas, de un modo sensible, el proceso de reconocimiento explícito del carácter humano del feto, a través de la percepción del cuerpo.
Sin embargo consideramos que todavía es más significativo el concepto de destino humano, que presentaba González Faus. En efecto, este destino humano se prolonga a las fases precedentes del desarrollo embrionario, en el que existe igualmente un ser capaz de personalizarse. Los autores que optaban por los criterios relacionales para delimitar el comienzo del derecho a la vida centraban su argumentación en la indiscutible relevancia de las relaciones interhumanas para el proceso de personalización del nuevo ser. Sin embargo olvidaban un punto extraordinariamente importante: la capacidad de devenir persona. Por muy valioso que pueda ser el entorno personal que rodee, por ejemplo, a un chimpancé, éste no va a ser capaz de convertirse en persona humana. ¿Cómo debe valorarse esta capacidad, este “destino humano”, que posee el no‑nacido? Porque el destino humano, la capacidad de personalización, no sólo existen en el recién nacido, sino que se extienden a las etapas precedentes de su desarrollo en que existen igualmente esas capacidades.
El comienzo del destino humano arranca desde esa situación primera en que, al constituirse el zigoto, surge una nueva realidad que va a estar en continuidad con las ulteriores fases de su desarrollo, en un proceso que va a acontecer de una forma continuada. Es verdad que va a realizarse un rápido proceso de desarrollo y de expresión de las potencialidades existentes desde la fecundación y que, incluso ‑como subraya Alonso Bedate‑, se va a modificar en alguna forma su base genética, pero va a existir una identidad en el mismo ser humano, que atraviesa por diferentes etapas de su destino humano. De la misma forma que, a pesar de nuestras grandes transformaciones, nos sentimos en una relación de con aquel recién‑nacido del que poseemos las primeras imágenes, no existe fundamento para quebrar esa misma relación respecto de las fases precedentes de nuestro desarrollo humano. La bella y apasionante aventura de nuestra vida, a la que se refería en cierta ocasión García Márquez, no arranca desde nuestro nacimiento, sino que hunde sus raíces en las fases previas. No somos distintos de esa incipiente realidad, que nunca se va a repetir en la historia humana, y a partir de la cual se inició nuestro destino.
Finalmente, hay que hacer referencia a la absoluta dependencia del nuevo ser respecto del organismo materno, a pesar de que sea al mismo tiempo “autónomo”. Nos parece que, de la misma forma que la dependencia del recién nacido no justifica su desprotección ética, esto mismo debe decirse de las etapas anteriores. En ambos casos estamos ante seres que no tienen voz para defender por sí mismos su propia vida, y somos los otros los llamados a protegerlos con especial énfasis, precisamente por su gran indefensión.
En el trasfondo de toda esta argumentación hay un hecho fundamental: la continuidad del proceso que lleva al nacimiento de un nuevo ser, cuya vida nos parece totalmente respetable desde el punto de vista ético. Hay un indiscutible proceso de avance, de desarrollo de las potencialidades que ya estaban desde el principio; existen relevantes modificaciones, pero no es otro ser el que nace y el que se desarrolló previamente. Es la misma identidad humana. Recuerdo que un médico, especializado en fecundación in vitro, mostraba unas imágenes de un niño, del que aquél era su “padre” científico. Mostraba el recién nacido, algunas imágenes ecográficas de su desarrollo embrionario y, finalmente, el zigoto y el embrión de pocas células. No decía nada sobre la eticidad del aborto, pero espontáneamente estaba afirmando que se trataba del mismo ser, en sus diferentes fases en un creciente y progresivo proceso de complejidad creciente. La continuidad del proceso que arranca de la constitución del nuevo ser nos lleva a afirmar que el derecho a la vida, que atribuimos al recién nacido debe extenderse a las etapas previas de constitución del individuo humano.
Habría que añadir además que, en principio, debe concederse al nuevo ser el “privilegio de la duda”. Me viene a la memoria un debate televisivo sobre el aborto en que Javier Sádaba arguía a José María Ruiz‑Gallardón que era éste el que tenía que probar la inviolabilidad de la vida no‑nacida. Nos parece que se le hubiera debido devolver a Sádaba ese mismo argumento. Porque, dado que concedemos al ya nacido un derecho básico a la vida, lo lógico es afirmar ‑mientras no se muestre lo contrario‑ que ese mismo derecho se extiende a las etapas precedentes del desarrollo. El que admite el aborto “ es el que tiene el peso de probar que existen razones para afirmar que se puede dar al no nacido un status distinto al que atribuimos al ya nacido. Y lo tendrá que probar de una forma convincente, precisamente porque lo que está en juego es un valor y un derecho fundamentales en nuestra escala de valores: la vida humana. Ante la estirpación de los órganos de una persona ya fallecida no basta con que existan probabilidades de su defunción, sino que se articulan criterios estrictos que nos permitan tener el máximo de seguridades de su verdadero fallecimiento. Esta misma seguridad debería exigirse respecto del no‑nacido.
Las opiniones que hemos expuesto anteriormente sobre los diversos momentos del comienzo de la vida (con la única posible excepción, la anidación, de la que luego hablaremos), lo que muestran es que existe un proceso de desarrollo, pero no prueban de forma concluyente que exista un status distinto y una valoración ética diferente. No pueden fundamentar que existan saltos en el desarrollo, de tal forma que puedan diferenciarse una fase subhumana como distinta de otra auténticamente humana. Estamos ante un proceso continuado, en que no se dan saltos cualitativos. No es distinto el embrión del feto; ni la presencia de una actividad electroencefalográfica ‑que es sumamente precoz‑ es significativa. La comparación de este criterio con el hecho de la muerte no tiene además ningún valor: la ausencia de actividad eléctrica es un síntoma muy distinto en el final y en el comienzo de la vida. En este último, estamos ante un ser preñado de potencialidades, que quizá no tiene actividad eléctrica cerebral, pero que la va a tener muy pronto; no se da, por tanto, 1a situación de irreversibilidad que se da en torno a la muerte.
Las fronteras de la viabilidad se han modificado de forma importante en los últimos años. El criterio utilizado en bastantes Estados USA, a raíz de la famosa sentencia Roe vs. Wade, era el situar esa frontera a las 28 semanas de embarazo. Sin embargo, este límite ha sido claramente modificado por los grandes avances de la neonatología. Afirmar que el derecho a la vida depende de los progresos de la ciencia es sumamente arbitrario. Hoy tendrían derecho a la vida seres humanos a los que se les habría negado tal derecho hace diez años, y hoy no lo tendrían los que presumiblemente lo tendrán dentro de otros diez años. No se puede negar que el nacimiento constituye un momento sumamente importante en la trayectoria del ser humano, pero no existe justificación para afirmar que sólo es, desde ese momento, cuando comienza su derecho básico a la vida y que no lo tenga en los días precedentes. Pretender marcar un hiato decisivo en torno a la viabilidad o al nacimiento, de tal forma que en ellos se dé un salto cualitativo entre una fase subhumana y otra plenamente humana, es arbitrario, dada la continuidad del proceso de desarrollo en que está implicado un mismo, e idéntico consigo mismo, individuo humano.
El recurso a los criterios relacionales para fundamentar el derecho a la vida del nuevo ser tiene razón al subrayar la gran importancia de las relaciones interhumanas en el proceso de personalización. Pero, como ya notamos anteriormente, olvida un aspecto sumamente decisivo: ¿cómo valorar la capacidad de humanización o personalización existente en la realidad humana no‑nacida? Se ha argüido, en contra de esta postura, que llevaría en su lógica interna a admitir también la eutanasia: si el derecho a la vida no depende de lo que un ser es en si mismo, sino de las relaciones que entablan con él las personas que le rodean, un anciano carecería de tal derecho cuando no sea aceptado o reconocido como tal por su entorno. Creemos que este planteamiento no es justo, ya que el anciano tiene una calidad personal que ya no puede depender de las actitudes de las personas de su entorno. Pero sí dejaría indefenso al recién nacido, ya que su calidad humana ‑en virtud de la argumentación utilizada‑ seguiría dependiendo del hecho de ser aceptado o reconocido como humano. La misma lógica de la argumentación utilizada significaría que un feto, exactamente de la misma edad que otro, podría ser considerado como “humano”, por el hecho de ser aceptado, mientras que el segundo sería “no plenamente humano”, por no reconocérsele como tal...









