Tipos de aborto
después del aborto
Para abortar
legislación
Ética
varios
datos
¿Te gusta mi página?
Miércoles, 16 de Junio de 2010 12:37
Cientos de supervivientes al aborto narran en la Red la experiencia de vivir «de milagro»
(Por: Nicolás de Cárdenas, La Razón, España, 2003-01-29)
Millones de personas son abortadas en todo el mundo. Sólo unos pocos, que de manera afortunada se salvaron de la muerte en el vientre de sus madres, pueden contar la experiencia de cómo vivir tras haber intentado eliminarles con inyecciones de suero salino en el útero, cuchillas y aspiradores o cócteles de quinina. Los sobrevivientes al aborto ahora narran sus experiencias vitales en la Red, y todos ellos afrontan la vida conscientes de su milagrosa existencia. Con la alegría y el optimismo que, en ocasiones, han logrado contagiar a sus progenitores, dan testimonio de su vida.
Sobrevivir a un infarto de miocardio, o a un cáncer, son experiencias que le cambian a uno la vida. Aquellos que han padecido durísimas enfermedades y se han sobrepuesto, suelen cambiar su humor (a mejor), enfrentar los problemas cotidianos con optimismo y sonreír casi permanentemente.
La experiencia de una muerte cercana no se olvida. Ni cuando la Inevitable, guadaña en ristre, te ronda en el seno materno cuando algunas de las facultades no están totalmente desarrolladas, aunque estén ahí de hecho. A pesar del elevado número de abortos que se practican al año en todo el mundo, la «eficacia» abortista no es perfecta. Son muchos los valientes que han decidido hablar alto y claro de su vida. Una vida que quiso ser interrumpida, según los proaborto, y aniquilada según los provida. Cientos de estos testimonios se pueden hallar en http://www.jocarmo.com/are/sobrevivientes.htm
En unos casos, el encargado de hacer la operación quirúrgica, no llegó a hacer bien su trabajo; en otros, sobrevivió uno de los hermanos gemelos de un embarazo. En todas las narraciones queda patente la alegría de vivir de cada uno de sus protagonistas, los no abortados, y en muchos casos, la felicidad final de sus progenitores. La historia de estos supervivientes, es la historia que para otros muchos no pudo ser.
Las legislaciones de medio mundo sancionan el aborto como un derecho de todas las mujeres. ¿También de Sara Smith?
El hermano gemelo
Perdió a su hermano hace más de 25años; ambos estaban en el útero de su madre cuando «fue raspado de arriba abajo», como ella misma cuenta. Sara nació prematura, vivió en hospitales hasta los dos años y medio y fue operada 30 veces en sus primeros catorce años de vida.
A pesar de ello, no se muestra rencorosa con su madre: «A veces me preguntan si odio a mi madre o si estoy molesta con ella porque me arrebató a mi hermano. Y yo les digo que he visto el dolor por el que ella ha pasado y no tengo derecho a cargarle más sentimiento de culpabilidad sobre sus espaldas».
La propia madre, Betty Smith, ratifica las palabras de su hija y se lamenta amrgamente: «Si tan sólo hubiera sabido que no era un puñado de células como yo creía...»
Sara Smith recorre el mundo entero junto a su madre, explicando cómo está en este mundo casi por casualidad y cómo echa de menos a su hermano, al que recuerdan con una lápida sobre una tumba vacía.
La madre de «Rivanolito» tenía 35 años de edad y varios hijos cuando quedó embarazada. Por todo esto, y por la posibilidad de que el niño presentara alguna malformación congénita u otra anomalía como el Síndrome de Down, el médico aconsejó el aborto. Fue así que la madre decidió someterse a un método de interrupción tardía del embarazo que consiste en administrar a la embarazada, a través del cuello del útero mediante una sonda, una sustancia de color amarillo mostaza llamada «Rivanol», la cual produce fuertes contracciones y provoca la expulsión del niño fuera del claustro materno.
Con frecuencia éste nace vivo y llorando. Sin embargo, el día que esta señora fue sometida al método, la enfermera habitual de esa sala no fue a trabajar y en su lugar se encontraba otra que no tenía experiencia en esta clase de trabajo. Cuando la enfermera vio que la mujer expulsó «el producto de la concepción» (así llaman los médicos de estos centros a los niños abortados) y escuchó su llanto, no hizo lo habitual en estos casos, que es abandonar al niño para que por su inmadurez pulmonar muera rápidamente. Enternecida, corrió con él en brazos al Departamento de Cuidados Intensivos de Neonatología donde se encontraba de guardia un médico provida que dio al niño el tratamiento adecuado. «Rivanolito» es hoy un adolescente que asiste a la escuela secundaria, sólo padece asma en grado leve y continúa atendiéndose con el médico que le salvó de la muerte.
«Iba a ser abortada pero dije hola! »
La madre de Gianna Jensen intentó abortarla mediante la inyección en su útero de un compuesto capaz de abrasar al bebé por dentro y por fuera. «Se supone que después nace un bebé muerto, pero aparecí y dije ¿hola!», explica Gianna de una forma sencilla pero traumática su venida al mundo, que no fue fácil. Pesaba un kilo al nacer y de aquella inyección, que ni siquiera llegó a tocar su piel, le quedaron múltiples secuelas neurológicas.
La explicación de sus padres adoptivos a estas enfermedades siempre fue que el suyo fue un parto prematuro, pero ella sospechaba y a los doce años ya fue absolutamente consciente de que su llegada al mundo no fue precisamente una alfombra roja en Hollywood. Ser consciente de ello ha hecho que Gianna crea que «seamos supervivientes del aborto o no, todos deberíamos tratar de sorprendernos por las pequeñas maravillas de todos los días».
Durante el «Primer Congreso de Sobrevivientes al Holocausto del Aborto» celebrado en Ottawa, Canadá, organizado por Vida Humana Internacional, Imre Teglasy, hijo de un militar católico húngaro, narró como, al ser expulsado su padre junto a su madre y sus dos hermanos por el régimen comunista de su país, su madre, agobiada por el exilio, «trató de abortarme de varias maneras; la última de ellas fue utilizando píldoras de quinina, pero la dosis no fue lo suficientemente efectiva y yo llegué a nacer».
Once años después conoció la verdad de su existencia de manera fortuita. «Lloré toda la noche y no me podía explicar por qué mi madre quiso abortarme», dice. A sus cuarenta y tantos, se hace la misma pregunta pero añade: «Todavía me pregunto dónde está mi madre. Necesito su amor mientras viva».









