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Martes, 15 de Junio de 2010 11:31
El aborto y el origen de la vida humana
“Soy uno de los que han colaborado en introducir esta era bárbara. He trabajado con ahínco para hacer el aborto legal, asequible y disponible a petición. En 1968, yo era uno de los tres fundadores de la Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto (National Abortion Rights Action League: NARAL). Dirigí la mayor clínica abortista de los Estados Unidos, y como director supervisé decenas de miles de abortos. He practicado miles por mí mismo. Incluso realicé el aborto de mi propio hijo (...). En la época en la que dirigía la clínica, practicaba simultáneamente la obstetricia y la ginecología, atendía partos y viajaba por todo el país presionando a gobiernos y políticos para que ampliaran sus leyes (esto fue antes del caso Roe contra Wade**). Yo estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer. También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el Rey del aborto. (...)A finales de 1972 estaba exhausto y quería dejar la clínica. Dimití. Tras una breve lucha de poder, otro tomó el relevo. (...)
Cuando dejé la clínica y pasé a ser jefe del servicio de obstetricia en el hospital St. Luke’s, por primera vez en años tenía un poco de tiempo y espacio para pensar. Estoy seguro de que no fue casualidad -la mano de Dios estaba presente- que justo a la vez empezamos a instalar en el hospital una nueva tecnología maravillosa. Eran los ultrasonidos, que abrían por primera vez una ventana en el vientre. Empezamos también a observar el corazón del feto en monitores electrónicos cardíacos fetales. Por primera vez, empecé a pensar sobre lo que verdaderamente habíamos estado haciendo en la clínica. Los ultrasonidos nos introdujeron en un nuevo mundo. Por primera vez, podíamos ver de verdad el feto humano, medirlo, examinarlo, mirarlo, y desde luego crear un vínculo con él y quererlo. Empecé a hacer eso. Las imágenes ultrasónicas del feto producen un impacto increíblemente fuerte en el que las ve. Un estudio en el New England Journal of Medicine demostró lo poderosa que es esa tecnología. Hace unos diez años, un artículo de esa revista informaba que de diez embarazadas que acudían a una clínica abortista y a quienes se les mostraban imágenes ultrasónicas del feto antes del aborto, sólo una seguía adelante con el aborto. Nueve salían de la clínica encinta. Eso muestra lo fuerte que es el vínculo que se crea. Yo mismo empecé a tenerlo con el no nacido.(...)
Restringí la práctica del aborto a aquellos casos en los que juzgaba que existía una imperiosa necesidad de abortar. Esto era a finales de los setenta. Incluía la violación y el incesto entre esos casos. En este período, escribí un libro titulado La América que aborta. En él hice una lista de numerosas condiciones que podrían justificar un aborto. Realicé dos o tres abortos en 1978, y en 1979 el último de todos. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar; la persona en el vientre es un ser humano vivo, y no podíamos seguir haciendo la guerra a los seres humanos más indefensos. Después de mirar los ultrasonidos, ya no podía seguir como antes. Pero esta “conversión” era un suceso puramente empírico. Esta maravillosa tecnología nos había permitido conocer más sobre el feto desde su llegada que en casi toda la historia de la Medicina anteriormente. (...) Fue llegado a ese punto cuando yo mismo, enfrentado a esa revolución empírica, esta masa creciente de nuevos datos, comencé el doloroso proceso de cambiar mis ideas sobre la aceptabilidad del aborto. Por fin había aceptado el cambio de paradigma.
(Bernard Nathanson: The Hand of God; trad. esp.: La mano de Dios, Palabra, Madrid, 1997, pp 152-159.)
“La Biología molecular ha demostrado inequívocamente que el proceso ontogenético de la vida consiste en la manifestación del programa impreso en el DNA (genes). Este programa contiene los rasgos, de toda índole, que en su despliegue posterior cualificarán a cada persona. No tiene rasgos “morfológicos” humanos, pero tiene el conjunto de instrucciones para producirlos”.
(Federico Mayor Zaragoza, Catedrático de Bioquímica en la Universidad Autónoma de Madrid, Director del Instituto de Ciencias de Hombre, Presidente científico del Centro de Biología Molecular del CSIC y Director de la UNESCO)
“La vida del nuevo ser humano comienza con la fusión de los pronúcleos masculino y femenino, es decir, con la fecundación del óvulo. El óvulo fecundado tiene ya toda la dotación cromosómica necesaria, es decir, total capacidad para alcanzar su pleno desarrollo. Se puede decir que en ese momento el óvulo fecundado no es una posibilidad de vida humana, sino una vida humana llena de posibilidades. Él mismo dirige su propio desarrollo. Es un ser independiente y autónomo, que únicamente necesita ser alimentado y el ambiente adecuado que la madre le presta”.
(Justo Aznar Lucea, Doctor en Medicina, Médico especialista en Hematología y Biopatología clínica, Jefe del Departamento de Biopatología clínica y Coordinador de la Universidad de Investigación Bioquímica del Hospital La Fe de Valencia: La procreación humana y su regulación, EDICEP, Valencia, 1995, p. 21)
“La conclusión de los hechos demostrados en la experimentación animal se puede generalizar al organismo humano y con todo rigor científico podemos afirmar que la vida de una persona comienza en la fecundación del óvulo. Desde la fertilización está viviendo una persona humana, y hay que saber que desde ese momento es un ser humano en cualquiera de las fases del desarrollo que consideremos, lo mismo en el estadio de primera división celular, que en las primeras semanas de crecimiento del embrión o en las fases más avanzadas del feto o el recién nacido. Es verdad, también que entre las diversas épocas del desarrollo de un mismo organismo hay profundas diferencias bien apreciables hasta en la morfología externa que manifiestan la evolución progresiva necesariamente impuesta por el código que queda señalado en el momento de la fecundación, pero sin cambio ninguno esencial en ningún momento, una vez desencadenado el proceso inicial”
(Juan Jiménez Vargas, Catedrático de Fisiología Animal . Universidad de Barcelona).
“No hay diferencias entre los científicos. Todos estamos de acuerdo en que, desde el principio de la vida, hay un ser humano; si hubiera un huevo de ballena fecundado, diríamos que es un ser de la especie ballena. Con los hombres ocurre igual. La discusión entre los científicos se plantea acerca de si se respeta o no, se protege o no, un ser humano muy pequeño, igual que se respeta otro de mayor tamaño. Pero estas diferencias no son de carácter científico, sino para decidir si nosotros respetamos al ser humano cuando mide unos milímetros, igual que cuando pesa dos o tres kilos. La ciencia no tiene que medir, lo sabe con certeza y, a raíz de eso, unos dirán que se le puede matar si es pequeño, y otros no, pero esto último ya no es ciencia. La ciencia dice que, en todo caso, es el mismo ser humano con más o menos edad, más o menos desarrollado”.
(Jérôme Lejeune, Catedrático de Genética Fundamental en la Universidad de la Sorbona, Fundador de la Citogenética clínica. Entrevista concedida a la revista Palabra, nº 165, V, 1979).
“Para la Biología moderna, el principio de la vida coincide con la fecundación. Esto es algo que nadie ha podido cuestionar. Era y es algo que se da por sabido, por resuelto, por indiscutible”
(Doctores Zamorano, Velayos y Reinoso)
“El embrión humano es un ser vivo y un ser humano tiene una personalidad humana desde el principio de la vida; abortar es un homicidio desde el punto de vista biológico y jurídico”.
(Dr. José Botella Llusiá, Catedrático de Obstetricia y Ginecología y Presidente de la Real Academia de Medicina).
“No soy un hombre religioso; de hecho no he estado en un templo desde los 13 años. Pero sí quiero decirles que hemos de detener este proceso ineficaz y destructivo, cuyo único resultado es una mayor disolución de la familia. Debemos reafirmar el amor entre nosotros, especialmente para el ser más pequeño e indefenso. Ahora veo el aborto como un mal, indefendible éticamente, a la luz de nuestros actuales conocimientos sobre el niño aún no nacido”
(Dr. Bernard Nathanson, médico del Colegio Americano de Obstetricia y Ginecología; Fundador de la National Reproductive and Abortion Rights Action League, la mayor clínica abortista de EE.UU).
“Hoy día los datos de la genética y de la biología humana son incontrovertibles: en el momento de la fertilización los dos gametos de los padres (óvulo y espermatozoide) forman una nueva entidad biológica, el cigoto, que lleva consigo un nuevo proyecto-programa individualizado, una nueva vida individual. Este nuevo ser, con sus 23 pares de cromosomas, posee una información genética -el llamado genotipo- capaz de autoorganizarse, independientemente de los mecanismos maternos. En efecto, desde el primer momento, las moléculas de ADN dan origen a la diferenciación de las proteínas constitutivas de las diversas células que posteriormente formarán los distintos tejidos y órganos “
(Fernando Monge, Doctor en Biología molecular).
“Sobre la cinta de un magnetofón es posible inscribir, por minúsculas modificaciones locales magnéticas, una serie de señales que correspondan, por ejemplo, a la ejecución de una sinfonía. Tal cinta, instalada en un aparato en marcha, reproducirá la sinfonía, aunque ni el magnetofón ni la cinta contengan instrumentos o partituras. Algo así ocurre con la vida. La banda de registro es increíblemente tenue, pues está representada por la molécula de ADN, cuya miniaturización confunde al entendimiento. La célula primordial es comparable al magnetofón cargado con su cinta magnética. Tan pronto el mecanismo se pone en marcha, la obra humana es vivida estrictamente conforme a su propio programa. El hecho de que el organismo humano haya de desarrollarse durante sus nueve primeros meses en el seno de la madre no modifica en nada esta constatación. El comienzo del ser humano se remonta exactamente a la fecundación, y toda la existencia desde las primeras divisiones a la extrema vejez, no es más que la ampliación del tema primitivo”
(Jérôme Lejeune: “Cuando comenzamos a vivir”, Nuestro Tiempo, 1974, nº 238, pp 6-7).
“Aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida del ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser, desde su concepción hasta el final de sus días, no es ya una afirmación metafísica: es una sencilla evidencia experimental”.
(Jérôme Lejeune, Catedrático de Genética Fundamental en la Universidad de la Sorbona, Fundador de la Citogenética clínica).
“Ahora, cuando una clase de humanos ha perdido su derecho inalienable a la vida, se les ha puesto un precio y puede matárseles si son una carga social, todas nuestras vidas están amenazadas. Sólo si se modifica esta decisión, estaremos a salvo (...) Ahora es el momento oportuno. Estamos en una encrucijada de la civilización. Si hoy damos a una madre el derecho total y legal de matar a su hijo -todavía por nacer- si supone una carga social para ella, mañana tendremos lógicamente que dar el mismo derecho al hijo, para matar a su madre, que ha llegado a ser una carga social para él”.
(Dr. J.C. Willke: Manual sobre el aborto, EUNSA, Pamplona, p.161).
AUTOBIOGRAFÍA DEL “REY DEL ABORTO”*
Vivimos en una época de radical nihilismo; una era de muerte; una era en la que, como argumentaba Walker Percy (un compañero médico, un patólogo especialista en hacer la autopsia a la civilización occidental), “la compasión lleva a la cámara de gas”, o a la clínica abortista, o a la consulta del eutanásico. Vivimos en una era que prácticamente ha abjurado de los valores morales, de forma que podemos tratar a las personas como objetos -sí, el aborto nos ha ayudado a aprender a hacer eso-; una era de quiebra de los pilares de la certeza -iglesias, escuelas e instituciones políticas-; y así todo, incluida tu vida, amigo mío, puede ser sujeto a debate... es el metódico ahogo de la autoridad y la balcanización sin esperanza de las éticas normativas. ¡Qué deliciosas e interminables son nuestras posibilidades!: matar, morir, utilizar hasta que deje de ser útil, todo ello sin ser juzgados, ni siquiera por nuestra conciencia. (¿Nuestra qué?) Es como bien señala A. MacIntyre: los bárbaros no están esperando más allá de nuestras fronteras; llevan ya gobérnandonos un tiempo.
Soy uno de los que han colaborado en introducir esta era bárbara. He trabajado con ahínco para hacer el aborto legal, asequible y disponible a petición. En 1968, yo era uno de los tres fundadores de la Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto (National Abortion Rights Action League: NARAL). Dirigí la mayor clínica abortista de los Estados Unidos, y como director supervisé decenas de miles de abortos. He practicado miles por mí mismo. Incluso realicé el aborto de mi propio hijo (...).
En la época en la que dirigía la clínica, practicaba simultáneamente la obstetricia y la ginecología, atendía partos y viajaba por todo el país presionando a gobiernos y políticos para que ampliaran sus leyes (esto fue antes del caso Roe contra Wade**). Yo estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer. También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el Rey del aborto. Mis documentos sobre el aborto, ansiosamente esperados por la prensa liberal (e incluso por la prensa médica liberal) no me hicieron popular entre muchos de mis colegas de profesión. Mi práctica disminuyó porque muchos médicos dejaron de enviarme pacientes. (Ahora que soy provida, estoy de nuevo exiliado de la comunidad médica -nadie me habla-). A finales de 1972 estaba exhausto y quería dejar la clínica. Dimití. Tras una breve lucha de poder, otro tomó el relevo. (...)
Cuando dejé la clínica y pasé a ser jefe del servicio de obstetricia en el hospital St. Luke’s, por primera vez en años tenía un poco de tiempo y espacio para pensar. Estoy seguro de que no fue casualidad -la mano de Dios estaba presente- que justo a la vez empezamos a instalar en el hospital una nueva tecnología maravillosa. Eran los ultrasonidos, que abrían por primera vez una ventana en el vientre. Empezamos también a observar el corazón del feto en monitores electrónicos cardíacos fetales. Por primera vez, empecé a pensar sobre lo que verdaderamente habíamos estado haciendo en la clínica. Los ultrasonidos nos introdujeron en un nuevo mundo. Por primera vez, podíamos ver de verdad el feto humano, medirlo, examinarlo, mirarlo, y desde luego crear un vínculo con él y quererlo. Empecé a hacer eso. Las imágenes ultrasónicas del feto producen un impacto increíblemente fuerte en el que las ve. Un estudio en el New England Journal of Medicine demostró lo poderosa que es esa tecnología. Hace unos diez años, un artículo de esa revista informaba que de diez embarazadas que acudían a una clínica abortista y a quienes se les mostraban imágenes ultrasónicas del feto antes del aborto, sólo una seguía adelante con el aborto. Nueve salían de la clínica encinta. Eso muestra lo fuerte que es el vínculo que se crea. Yo mismo empecé a tenerlo con el no nacido.
A pesar de que seguía practicando abortos por los que me parecían motivos justificados, ya no estaba seguro de que el aborto a la carta estuviera bien. En 1974, me senté y escribí un artículo para el New England Journal of Medicine. No era una artículo provida, pero en él articulaba mis dudas y temores crecientes sobre lo que había estado haciendo. Declaré categóricamente que había dirigido más de sesenta mil muertes, y dije que el feto era vida. Dije que era un tipo de vida particular, pero vida, y deberíamos ser respetuosos con cualquier tipo de vida.
En ese artículo, formulé indirectamente varias preguntas sobre por qué médicos que habían jurado defender la vida realizaban abortos. Hacía preguntas, pero aportaba pocas o ninguna respuestas. Incluí la frase: “Ya no quedan serias dudas en mi cabeza de que la vida humana existe en el vientre desde el comienzo mismo del embarazo, a pesar del hecho de que la naturaleza de la vida intrauterina haya sido objeto de considerable discusión en el pasado”.
Ésta es una declaración que ahora, veinte años después, debe ser corregida por la nueva información de que disponemos sobre la genética y la reproducción asistida (fecundación in vitro y derivados científicos). Si lo escribiera hoy, tendría que afirmar que la vida humana comienza antes incluso, con el complejo proceso de la fecundación, un milagro de la química, física y biología molecular que tiene lugar en la trompa de Falopio. Cuando el huevo fecundado, que se ha dividido y ha empezado a organizarse, llega al útero, la vida se ha puesto en marcha al menos desde hace tres días. Pero me estoy adelantando. En ese artículo de 1974, también escribí lo siguiente: “La vida es un fenómeno interdependiente para todos nosotros. Es un espectro continuo que comienza en el útero y acaba con la muerte; las bandas del espectro se designan con palabras tales como feto, bebé, niño, adolescente y adulto. Debemos afrontar con valor el hecho -por fin- de que la vida humana de un tipo especial se quita (en el proceso del aborto), y como la mayoría de los embarazos se llevan a término con éxito, el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el tipo más craso de evasión moral”.
Eran afirmaciones bastante modestas -apenas las de un provida bastante perdido- pero dieron rienda suelta a una increíble corriente de emoción. Me dijeron en el New England Journal of Medicine que la contestación a ese artículo era la mayor que habían recibido nunca, incluso hasta hoy. Estaban inundados de correspondencia, y, desde luego, no se tomaron molestias con las cartas: me las enviaron todas. El cartero vaciaba grandes sacas de correo. No eran cartas de admiradores. Venían de médicos que me habían denostado cuatro años antes por ser un abortista, pero que ahora que había crecido el pastel del aborto y sacaban dinero a derecha e izquierda, habían cambiado de parecer. Estaba abrumado por la vituperación, las amenazas y las llamadas telefónicas. Me llegaban amenazas contra mi vida y mi familia. Pensé para mí mismo: “Bien, realmente he tocado un nervio. Tengo que pensármelo bien”.
Seguí practicando abortos en 1976. Realizaba abortos y alumbraba niños, pero las tensiones morales iban creciendo y se iban haciendo intolerables. En una planta del hospital asistíamos partos, y en otra planta realizábamos abortos. Como Roe contra Wade no establecía restricción alguna, podíamos realizar abortos en el noveno mes, antes de los primeros dolores de parto. Cuando escribo esto, se hacen cada año al menos quince mil abortos después de la vigésimo primera semana. Hoy con veintiuna semanas el niño se considera viable. Estos ya no son ni siquiera abortos: son asesinatos de niños prematuros. A mitad de los setenta, estaba arriba en una planta poniendo la solución salina hipertónica en una embarazada de 23 semanas, y en otra planta abajo tenía otra de 23 semanas con contracciones y yo trataba de salvar al niño. Las enfermeras cayeron en el mismo hachazo moral. ¿Qué hacíamos aquí, estábamos salvando niños o los estábamos matando?
Por fin restringí la práctica del aborto a aquellos casos en los que juzgaba que existía una imperiosa necesidad de abortar. Esto era a finales de los setenta. Incluía la violación y el incesto entre esos casos. En este período, escribí un libro titulado La América que aborta. En él hice una lista de numerosas condiciones que podrían justificar un aborto. Realicé dos o tres abortos en 1978, y en 1979 el último de todos. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar; la persona en el vientre es un ser humano vivo, y no podíamos seguir haciendo la guerra a los seres humanos más indefensos. Después de mirar los ultrasonidos, ya no podía seguir como antes. Pero esta “conversión” era un suceso puramente empírico. Esta maravillosa tecnología nos había permitido conocer más sobre el feto desde su llegada que en casi toda la historia de la Medicina anteriormente. (...) Fue llegado a ese punto cuando yo mismo, enfrentado a esa revolución empírica, esta masa creciente de nuevos datos, comencé el doloroso proceso de cambiar mis ideas sobre la aceptabilidad del aborto. Por fin había aceptado el cambio de paradigma.
*Bernard Nathanson: The Hand of God; trad. esp.: La Mano de Dios, Palabra, Madrid,1997, pp 152-159.
(**El caso de Roe contra Wade, además de ser muy famoso en EE.UU., marcó un hito importante en la legalización del aborto en ese país. Jane Roe es el seudónimo que la Prensa otorgó a la mujer que se querelló contra el Estado americano de Texas; embarazada como resultado de una violación (aunque ella misma confesó que no era cierto), Roe demandó a Texas porque sus leyes le impedían abortar. Las sucesivas apelaciones llevaron el caso al Tribunal Supremo de los EE.UU., quien finalmente dio la razón a Roe y dictaminó en 1973 la legalización del aborto a nivel federal en determinados supuestos. Mientras tanto el hijo de Roe ya había nacido y fue entregado en adopción. Roe trabajó durante años en una clínica abortista hasta que, hace poco, decidió dar un cambio radical a su vida y abandonó su trabajo. Ahora dedica sus esfuerzos a una organización provida antiabortista).
TEXTO III: LA MÁS GRAVE AMENAZA*
A finales de 1945, recién terminada la Guerra Mundial, hablé de “la vocación de nuestro tiempo para la pena de muerte y el asesinato”. Algo tan terrible como cierto, que había dominado el espacio de una generación, desde 1930 aproximadamente. La siguiente significó una recuperación de la civilización y el sentido moral, y, por tanto, del respeto a la vida humana. Pero no duró demasiado: hacia 1960 empezaron ciertos fenómenos sociales inquietantes, y que no han hecho más que crecer y afirmarse.
Son el terrorismo organizado -muy organizado, y esto es lo esencial-, la inmensa difusión del consumo de drogas y, sobre todo, la aceptación social del aborto. No el que alguna vez se cometa, cediendo a impulsos fuertes en circunstancias agobiantes, sino el que eso parezca bien, un derecho, tal vez un síntoma de “progresismo”. Hay una manifiesta voluntad de ciertos grupos sociales de que se cometan abortos, de que el mundo entero quede contaminado por esa práctica, de que nuestra época se pueda definir por ella, como otras por la esclavitud o la tortura judicial.
Hace ya once años escribí un artículo, “Una visión antropológica del aborto”, en que decía lo que me parece necesario y evidente. Creo que hay que separar esta cuestión de toda perspectiva religiosa, y también científica, porque la inmensa mayoría de las personas no conocen la ciencia y no tienen medio de comprobar lo que enseña. Un cristiano puede tener un par de razones “más” para encontrar inadmisible el aborto, pero si yo fuese ateo opinaría lo mismo sobre el asunto.
Se trata de que lo que se llama “elección” es exactamente “licencia para matar”. Al hijo que va a nacer, a la persona “viviente” que llegará en un plazo fijo a la plenitud de la vida humana si no se la mata en el camino. He insistido en que, lejos de ser el hijo “parte del cuerpo de la madre”, un tumor que se puede extirpar, es “alguien”, un “quién” irreductible al padre, a la madre, a todos lo antepasados, a los elementos que integran el mundo y al mismo Dios, a quien podrá decir “No”. El niño que nace es una nueva realidad distinta de todo.
Y esto en cualquier momento. La más refinada hipocresía es usada constantemente en defensa del aborto. “Interrupción del embarazo”, como se podría llamar a la horca o al garrote “interrupción de la respiración”. Y cuando se considera aceptable en las primeras semanas, no después, esto equivale a creer que es bueno disparar a una persona a veinte metros, discutible a diez metros de distancia, inadmisible a quemarropa. De igual modo, si se piensa que un niño con anormalidades no debe vivir, ¿por qué no esperar a que nazca y matarlo si es efectivamente anormal? ¿Y si la anormalidad sobreviene a cualquier edad? A veces pienso que Stalin y Hitler han triunfado al final.
Se dan justificaciones extrañas para justificar el aborto. La violación, por ejemplo. Me pregunto cuántas violaciones “fecundas” se producen, tal vez ninguna, y si esto justifica más de cuarenta mil abortos en España en un solo año -¿con qué justificación legal?-. Otra “razón” es la necesidad de disminuir el crecimiento de la población. Para eso se usan estadísticas “futuras”, absolutamente incontrolables e irresponsables, y no se tiene en cuenta el extraordinario aumento de la producción de alimentos y de todo lo demás, hasta el punto de que su exceso es un problema.
Pero hay otros medios de regular la natalidad, mejores o peores, pero incomparablemente más justificados que el aborto. Y se lo defiende y propaga en países, como los europeos, en los que el descenso de la natalidad es angustioso, en los que apenas nacen niños, ni siquiera para mantener la población. Europa va a ser un continente de viejos, y si la tendencia se prolonga, una comunidad en vías de extinción; y es donde con más encarnizamiento se hace la propaganda del aborto.
¿Por qué? Creo que por debajo de todos los argumentos que se esgrimen hay una voluntad profunda de “despersonalizar” al hombre en general y de perturbar la esencial dualidad de la vida humana, varón y mujer, irreductibles e inseparables, constituidos por la referencia mutua. Se lleva mucho tiempo intentando “reducir” lo personal a lo orgánico, y esto a lo inorgánico; lo humano a la zoología; se descarta la libertad, la responsabilidad, el sentido de la paternidad y de la maternidad -se ve a la mujer embarazada, algo noble y admirable, como una “hembra preñada”-.
De esto se trata, esto es lo que se está ventilando. La Humanidad va a decidir en este final del siglo XX si sigue hacia adelante o vuelve a la prehistoria -suponiendo, como muchos quieren creer, que la prehistoria no era humana, que el hombre alguna vez no ha sido hombre con sus rasgos esenciales y propios-.
Estamos amenazados por la mayor ola de “reaccionarismo” que puedo recordar; porque no afecta a tal o cual aspecto secundario de la vida, sino a su misma realidad, a la que tiene de persona, a lo que hace que pueda ser vividera, con esperanza en medio de todas las dificultades y dolores que lleva consigo.
La manipulación a que está sometido el mundo actual, incomparable con la de cualquier otra época, hace verosímil que el mundo se embarque en una monstruosidad sin precedentes. Imagino que en el siglo próximo se podrá sentir vergüenza de que haya existido una época tal como nos la presentan, ofrecen y, lo que es más, quieren imponer.
*(Julián Marías. Catedrático de Filosofía. Miembro de la Real Academia Española: La más grave amenaza, ABC, 4-IX-1994, p 3.)
TEXTO IV: Lecciones de Historia*
La segunda mitad del siglo XX
proclamó la bandera de la paz y de la vida :
la vida de Mick Jagger,
la vida de Alí Agca, la de Charles
Manson, la de Bokassa,
la de José Rodríguez, son sagradas ;
la vida de las focas y de las sequoias
y hasta la vida de los vietnamitas
son sagradas, etcétera...
Muy bien, señores, pero
mientras el Universo se llenaba
de palomitas rosas, mientras todos ustedes
hacían el amor y no la guerra,
en cada útero un Auschwitz, un Dachau, un Stalin,
un Führer, un Vietnam, un Paracuellos,
un negro y fiero y ciego bombardeo.
Todo legal, no sufra, toda a cargo
de la Seguridad Social, naturalmente.
Cinco, veinte, sesenta millones, ochocientos
millones de personas -Dios lleva cuenta exacta-
asfixiadas, quemadas, trituradas
(con absoluta higiene y música ambiental
para que nadie diga).
Yo he escuchado sus llantos diminutos,
he visto sus milímetros de espanto ,
sus deditos de leche desvalida
moviéndose en el cubo funerario.
Yo levanto estos versos como un volcán de rabia
y grito a las estrellas
que el mayor genocidio de este planeta fue
la segunda mitad del siglo XX.
(* Miguel D’Ors. Poeta y profesor de Literatura en la Universidad de Granada : “Lecciones de Historia”, Punto y Aparte, Ed. Comares, Granada, 1992, pp 97-98).









